24/8/11

Prólogo: "Canción de cuna desde la muerte"

Vértigo. Es lo único que siente ella atrapada en aquel habitáculo pentagonal, donde está de rodillas en el suelo manchado de su propia sangre, y sin embargo tiene la sensación de que se encuentra a miles de kilómetros por encima del suelo, dónde nadie puede dañarla ahora y su piel volverá a ser pálida y hermosa como antaño, sin rastro de esas malditas runas brillantes que se esparcen por su cuerpo como si fueran enredaderas de oro. Esas marcas serpenteantes que, cual serpiente de cascabel, avisan del peligro que supone estar cerca de ella, de su maldición. De la que le impusieron hace ya un año, que para la joven han sido siglos.
En cuanto los soldados descubrieron que la joven y bella hechizera, aquella vagabunda  que se ganaba el pan a codazos, tenía esas extrañas marcas brillantes y todo aquel que la tocaba moría, la apresaron. Y la encerraron allí.
Nunca había sabido dónde estaba, sólo recordaba haberse despertado en aquella habitación acristalada, desde la cual el exterior se veía inhumano y opaco y las transparentes paredes eran frías y lisas, yaciendo ahora en exceso arañadas en la desesperación de la chica por salir de allí y recubierta de finos regueros de sangre de sus manos destrozadas. Igual que su rostro, arañado con sus propias uñas en un ataque de ira y deformado por hematomas y heridas al colisonarla una y otra vez contra aquellas gélidas paredes, presa del pánico.
Sangre. Era lo que veía simplemente en la estancia, su propia sangre oscura profanando la pureza de la habitación. Y sus cadenas, que la tenían presa por las muñecas hasta el muro detrás de ella, bien sujetas con anillas de acero. Eran largas y le permitían mobilidad, pero se achicaban en torno a sus muñecas cuando hacía algún movimiento mas brusco de lo normal y le dolía demasiado. Las tenía en carne viva y pequeñas gotas rojas caían desde el metal hasta el suelo.
Estaba enferma, infectada de aquel pulcro lugar. "Déjame vivir sin este dolor" pensaba una y otra vez. Y cuando su desesperación era rayana en la locura, comenzó a cantar una canción de cuna que oyó de los labios de su madre muchas noches.
Duérmete, mi niña, en esta noche estrellada.
Se retorció sobre su estómago, las manos le ardían y su rostro estaba continuamente húmedo de lágrimas que caían de sus ojos grises cual lluvia en pos del suelo.
Duérmete, amor, espera hasta mañana.
Quemar. Matar. Morir. Sólo podía desear estar enterrada.
Que viene aquella estrella deseada.
Que coges con tus manos arañadas.
Y muere sin un adiós.
Sus labios resecos pararon de cantar. Su pelo rubio se desparramaba sobre sus hombros como una cascada de rayos de Sol y las marcas parecían mucho más brillantes. Dejó escapar un último suspiro de alivio, al fin se iba de allí. Casi desangrada, cayó al suelo moribunda y una sonrisa se dibujó en sus labios. Sus ojos, grises como nubes de tormenta se apagaron y una corriente de aire gélido se llevó los últimos vestigios de la llama de la vida, ahora hecha cenizas.
Así moría Erith, encerrada en un simple diamante, no sin antes prometer que su maldición no se extinguiría con ella.

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Dispara, que cogeré la bala al vuelo.

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